domingo, 5 de junio de 2016

Clasificación del “hubiera”


Las relaciones humanas son difíciles, eso está más que claro. A veces estamos en situaciones incomodas  en las que sabemos perfectamente que si “hubiéramos” tomado otras decisiones, o actuado de otra manera, la realidad seria otra. Aquí lo trágico del asunto es estar consciente de que “lo hecho está hecho” y no queda más que aceptar las consecuencias de nuestras malas o buenas decisiones. Sin embargo es común darle vueltas a una situación con el famoso “hubiera”. He aquí mi propia clasificación de “hubieras” (Basados en mis muy penosas y equivocadas decisiones)

“HUBIERA DICHO ÉSTO”
Por la boca muere el pez. No hay nada más hiriente que las palabras y me consta. Cuantas veces estamos en una situación en la que no podemos conectar la boca con la cabeza. Automáticamente empezamos escupir palabras casi a la misma velocidad de la que nos arrepentimos de decirlas. Pues bien, el dominar este “hubiera” es toda una habilidad de personas con una paciencia, prudencia y temple enorme que saben  cuándo  y cómo utilizar las palabras (evidentemente no soy una de esas personas).

“HUBIERA ELEGIDO ESTO”
Llámese boleto de lotería, carrera profesional, ropa, momentos de placer, etc. Somos consecuencia de las decisiones que tomamos. Son tantos los factores que influyen en una decisión, que realmente ninguna la tomamos libremente al 100%. No obstante, esas malas decisiones nos dieron la madurez para tomar mejores decisiones en el futuro.  Aquí lo importante es aprender del pasado y no volver a cometer el mismo error. (Pocos logran el aprendizaje de éste hubiera).

“EL HUBIERA DE MI PRÓJIMO”
Si Dios me concediera un súper poder, me gustaría influir en las decisiones de los demás. Es imposible no enojarse cuando un amigo, un familiar, un compañero de trabajo toma una mala decisión. No sé por qué tenemos este instinto de mesías, de querer ayudar en la vida de otros (aun cuando nuestra vida es un desastre) Pero ahí  está esa molesta voz que dice “Ayúdale, la está cagando” Eso mismo han de pensar otros sobre mí. Sin embargo hay que dejar ir. No nos podemos enganchar puesto que no  tenemos la  mínima oportunidad de elegir por otros. Es su vida y ellos tendrán que aprender de sus decisiones,  aunque no nos gusten. Solo las personas libres logran que no les afecte este hubiera. (Trabajo mucho en ello)

“HUBIERA PREFERIDO NO CONOCERTE”
Él hubiera que más duele. Aquí no aplica la familia, nos guste o no, cargaremos con ella toda la vida, así que resignación. Aplica en amigos, parejas, amantes, etc. Como lo dije en un inicio, casi podría jurar que el 80% del desgaste humano es por las relaciones con los demás. Cuando llega el sufrimiento a una relación sea de pareja o amistad, anhelamos con unas ansias locas el regresar en el tiempo y haber evitado conocer a alguien. Tal vez no cruzar tal o cual calle, no haber ido a alguna fiesta, no haber entrado a tal lugar. Lo curioso es que cuando tuvimos aquel encuentro,  en cierto momento,  lo recordábamos con una nostalgia y alegría inigualable. Lo más provechoso de separarte de alguien, es hacer el conteo de lo aprendido de esa persona. Es dejar ir. ¡Qué difícil pero que necesario es dejar ir! Y aplicamos todos los “hubiera” anteriores, porque al fin de cuentas, conocer a esa persona fue nuestra decisión y es aquí donde damos entrada a un gancho en el hígado hacia nuestro ego y nuestros más escondidos miedos.  Es de maduros (definitivamente no hablo de mi) Tomar todo lo bueno de esa relación. Decir adiós. Y estar dispuestos a conocer otra maravillosa persona.
Pienso en las decisiones que he tomado últimamente. Me sería difícil clasificarlas en buenas y en malas, cada una de ellas  tiene sus “pro” y sus “contra”. Sin embargo estoy satisfecho de que  fueron mis decisiones. Mías totalmente.

Termino con las palabras de Ángeles Mastretta:

“Yo me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por el miedo ni por el olvido, ni siquiera por el tormento de una pasión contrariada. Me comprometo a recordar, a conocer mis yerros, a bendecir mis arrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a no desdeñar nada de todo lo que me conmueva, me deslumbre, me quebrante, me alegre. Larga vida prometo, larga paciencia, historias largas. Y nada abreviaré que deba sucederme: ni la pena ni el éxtasis para que cuando sea viejo tenga como deleite la detallada historia de mis días.”